Al bisabuelo le decían Don Quijote, no se sabía bien cuantos años tenía.

Era como un árbol recio, enjuto, muy alto. Su cara era larga y delgada, con los pómulos marcados. Tenía una larga barba y bigotes muy cuidados, sus cabellos blancos, los ojos grandes, serenos. Sus manos grandes y nudosas.

Siempre vestido de traje, sombrero y poncho.

A la sombra de los nogales, sentado en su silla, y con los nietos alrededor, pasaba horas contando historias y aventuras de los gauchos de Güemes y de Belgrano.

Un tío y un primo de mamá habían heredado la vestimenta original de un gaucho de Güemes, con todo el recado del caballo, la platería.

Los cintos estaban hechos con monedas de antes de la Revolución. Cuidaban esas piezas con adoración, se entrenaban y eran excelentes jinetes.

Tenían el corazón henchido de orgullo.

Iban a los desfiles, viajando con los caballos en tren, por toda la Argentina.