Don Lorenzo iba al monte a cazar, solo o en grupo. Iba mucho con los Hormiga.

Don Lorenzo podía aparecerse con un gato montés, una víbora o ranas. Ante el recelo de los hijos les recordaba: “todo bicho que camina va a parar al asador”. Así que la presa se limpiaba, se cocinaba y se comía sin chistar.

Una vez apareció con un pájaro horrible, con un olor fuerte, rancio, dulzón. Era tan feo que lo vieron y gritaron ¡¡¡yo no lo como!!! Ese pajarraco no era de ninguna especie conocida.

Mi tía no se dejó acobardar: lo limpió, y lo puso a freír. Despidió un hedor tal, que los demás tuvieron que salir al patio de atrás. Se escuchó de golpe un zumbido y luego gritos. Mi tía se fue corriendo de la cocina con la sartén, perseguida por una nube de moscardones verdes. Alcanzó a encerrarse en su cuarto y se devoró el bicho maldito.

Del monte también Don Lorenzo traía yuyos.

El decía que en las plantas estaban las esencias para curar todos los males. Contaba que había recibido de un viejito los secretos de las plantas, acompañándolo en las recorridas al monte.

Mamá nos contaba esto mientras nos daba tesitos de yerba de pollo, manzanilla, tilo, valeriana, menta…

Cuando alguien del Ingenio tenía una enfermedad no siempre iba al hospital. Llamaban al curandero. Quien a veces rezaba, otras aplicaba yuyos, o los indicaba qué tomar.

A mi tío Guillermito siempre había que curarle el susto. El curandero venía, lo bendecía acariciándole la cabeza y le rezaba en voz muy baja. Hasta que se le pasaba el susto.