El Ingenio tenía un trencito que iba a la par de la cadena de trabajo, trasportando la caña de azúcar. Había un tramo del trayecto que iba por el campo.

El trencito era del tamaño de un chico y no iba muy rápido. Los changuitos corrían a la par del trencito, tomaban una caña por la punta y seguían corriendo, tironeando, hasta que sacaban la larga caña. Luego saboreaban la golosina a la sombra de los árboles.

A veces cambiaban las cañas en el pueblo por uvas o por paltas.

Todos sabían que los changuitos robaban las cañas, pero todos miraban para otro lado.

Un vecino carpintero, con los recortes de madera que le sobraban, hacía canoplas para regalar a  los changuitos. También hacía cajoncitos de lustrabotas para los changuitos que no tienen Tata.

También había muchachos que hacían canastos y utensilios con las varillas del cañaveral y las cambiaban.

Una bolsa de fruta por otra, nada de andar pesando en kilogramos ni calculando dinero. Pesar en kilos es motivo de burla.

Si son 8 personas lleve 8 bananas, si se pasa del kilo, ¿Qué hacemos? ¿La cortamos?

Así eran las cosas en el pueblo.