La bisabuela Marcelina vino en tren, desde Jujuy a Buenos Aires para conocerme.

La bisabuela me peinaba dejándome el pelo suelto y le decía a mi mamá que no me haga trenzas, que dañan el pelo.

Pero Marcelina tenía unas trenzas largas y blancas. Todos los días se hacía las dos trenzas y luego las enrollaba. Le quedaban como dos orejitas de oso.

Me contó que ella tenía una caja donde iba guardando las trenzas que se cortaba cada tanto. Porque cuando una se muere, para irse en paz tiene que irse completa, ni un pelo puede faltar. Si una no guarda las trenzas, está condenada a ir por el mundo como ánima, buscando cada cabello perdido.