Las historias de amor en el pueblo podían llegar a ser muy complicadas. Imaginen lo difícil que es guardar un secreto en un lugar tan estático. Donde el más mínimo gesto es percibido.

Los noviazgos secretos podían durar años. Algunos se conformaban con verse a la distancia en el cine, en la iglesia o en el almacén. Estando cerca, ni siquiera volvían la cabeza. Se embriagaban en la voz, en el perfume, en la dicha de estar compartiendo el mismo lugar y respirar el mismo aire.

Las cartas de amor llegaban a destino gracias a  una cadena de primas y hermanas cómplices. Las fotonovelas circulaban escondidas entre la ropa, no se podía ni soñar con un galán.

Había un código de silbidos. Cada pareja tenía el suyo y el viento hacía llegar los mensajes.

Un hombre se le declaró a mi tía cuando fue a su negocio a comprar.

¡Y le regaló un anillo! Ella se lo mostró a su hermana un instante y lo escondió adentro de su almohada. Y no había lugar mejor, pues este hombre le robó el sueño. Pasaron meses y ella no volvió al negocio. Con sus 14 años, no sabía que decir ni que hacer.

Un día el padre dió la orden de juntar las almohadas para llevarlas al colchonero. Las muchachas salieron corriendo a “obedecer”.

Desesperadas, despanzurraron la almohada y el anillo no apareció.

Si ese anillo llegara a manos adultas...

Finalmente decidieron entregar las almohadas antes de que sospechen.

El colchonero recibió las almohadas, las desarmó, sacó los pinches, lavó el relleno, estiró cada vellón a mano, aireó todo. Las vuelvió a armar, las cosió y entregó su trabajo bien hecho. Por milagro no dijo nada del anillo.

Ese anillo quemaba las manos.