Había unos cuantos motivos por los que se tenía miedo de caminar en la noche.
Uno era a cruzarse con la llorona…
(Mamá contaba con los dedos empezando desde el meñique).
- La llorona era el anima de una madre, un alma en pena buscando a sus hijos, dando gritos y perdida en la oscuridad.
- El lobisón era el séptimo hijo varón, transformado en bestia. Si te mordía el lobisón, te condenaba a compartir su maldición. Si el presidente apadrinaba al séptimo niño el maleficio se rompía. Si nacen siete mujeres seguidas, la séptima es bruja.
- El pombero era un enano lascivo, peludo, ancho y fornido, con cola de mono. Un ser horrible, perverso.
- La luz mala era la maldad misma, la esencia del mal, podía hacerte perder el rumbo del camino y de la vida.
- La mulánima era el ánima de una mujer pecadora. Hija del incesto, mujer de algún cura. Convertida por esto en mula, animal estéril, cruza de caballo y burro. Atacaba con mordiscos y coces y espantaba con sus gritos y rebuznos. Si te encontrás con la mulánima, te tenés que quedar quieto, no hay que correr, hay que tratar de no oírla y si te animás a enfrentarla y le cortas las orejas o la lastimas, se rompe la maldición. Si nadie le da un castigo llega un momento en que no hay vuelta, esta condenada, perdida.
- El familiar es un ser siniestro que vive en el Ingenio, se alimenta de carne humana y se la pasa acechando a los hombres. Cuando alguno se aleja demasiado del grupo de trabajadores, cuando se pierde de la mirada del capataz, puede ser que nunca mas sea encontrado con vida.
- El monte y sus sombras cobijan estas presencias y ausencias.
Los hombres se animan a penetrar en el monte, pero no todos vuelven.
Cuando alguien huía al monte, sus perseguidores iban tras ellos, pero volvían con las manos vacías. “Se lo tragó el monte, nomás”. Las presencias de la oscuridad y siempre el puma, se encargaban de borrar las huellas. El monte se tragaba amores prohibidos, peleas entre hermanos, venganzas.
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