El Ingenio tenía un cine gratuito.

Había un colectivo que iba al cine, pero había que pagar el boleto y tampoco había lugar para todos. Algunos llevaban sillas plegadizas.

Las familias completas andaban en la noche cerrada. Para llegar había que caminar mucho, atravesar un río de lecho de piedras.

Río sereno e inquietante. Podía crecer en cualquier momento. Varias veces lo habían visto arrastrando todo lo que tenía a su paso.

Para cruzarlo, la gente iba con los hijos más chicos en brazos y los más grandes prendidos a las polleras y pantalones. Desafiándolo todo, algunos changos pasaban corriendo y riendo.

Cuando llegaban, había que encontrar un lugar. No había asientos, por eso las sillas plegadizas. Encontrar una ubicación contra la pared era buenísimo.

Ah, el cine tampoco tenía techo!!!

Se aguantaba el frío todo lo que se podía, algunos llevaban frazadas.

Cuando se largaba a llover nadie quería irse primero. Pero si el chaparrón era fuerte, se huía en estampida.

Hasta el final de la película, contra viento y marea de ser necesario, solo se quedaban unos pocos guapos y guapas.

Allí, en ese rincón del mundo, en condiciones insólitas, un público fiel seguía los estrenos del cine argentino, norteamericano, ingles, francés.

Veían los noticieros de Sucesos Argentinos. La pantalla gigante les permitía viajar en el espacio y el tiempo. Soñar con un lugar más allá de las quebradas, ver que había otras maneras de vivir, otras costumbres.

Suspiraban por las estrellas del cine nacional y de Hollywood, enloquecían junto a Elvis Preasley y The Beatles.

Y solo Dios sabe lo que era el camino de regreso en la oscuridad de la noche, después de ver Drácula, Frankestain o La mancha voraz.