La casa de mamá estaba en la calle Colón 99. Al fondo de la casa, el límite era el arroyito. (Con las manos, mamá marca los espacios.)
Después del arroyito estaba el cañaveral y mas allá el campo sembrado.
Del arroyito para acá, estaba el patio de atrás, con la vid moscatel y los nogales.
El dueño anterior al marcharse había hachado la vid de raíz, pero las raíces eran profundas y fuertes y con el tiempo volvieron a dar sus racimos.
A la sombra de los nogales se juntaban con los vecinos de al lado, quienes les contaban cuentos de terror todos los días. Aguzaban el ingenio contando historias y leyendas, para educarlos sin pegar ni retar. Se morían de miedo por las noches, pero las historias eran irresistibles.
Bajo los nogales también, mi bisabuelo Villarreal se sentaba en una silla. Les daba la bendición a sus nietos y los subía a sus rodillas para contarles historias de los gauchos de Güemes y Belgrano. Le decían Don Quijote.
El baño estaba afuera, adentro la cocina grande, después el comedor más espacioso aún, con pesados muebles de algarrobo. Al costado las piezas.
Adelante, la puerta y las ventanas siempre abiertas.
Un cartel anuncia “Casa de capataces”.
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