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La Coctelera

Cuenta el bisabuelo

Cuenta el bisabuelo que cuando de Buenos Aires vienen los aires de la Revolución del 25 de Mayo de 1810, Salta se une incondicionalmente. Salta y Jujuy estaban integradas (hasta la separación en 1834) y serán los defensores de la frontera norte.

Todos ayudaron en la causa, sin importar el sexo ni la edad. Los patrones y el gauchaje se organizaron en milicias, eran caudillos naturales que con sus bravos se arreglaron para rechazar los embates de los disciplinados ejércitos que venían del Virreinato del Alto Perú.

Se armaron Escuadrones de Gauchos. El General Don José de San Martín nombra coronel a Don Martín Miguel de Güemes. Los gauchos conocían las quebradas, los desfiladeros, eran implacables en el monte y allí llevaron a sus enemigos.

El abuelo describía las emboscadas, contaba las maneras de hacerse invisible en el monte y como atacar sin dejar huellas. Contaba que la tierra misma estaba a favor de sus hijos y luchaba también.

Hasta que una vez se encontraron acorralados, las fuerzas realistas venían arrasando y en ese momento no era posible resistir.

De Buenos Aires las órdenes eran que Belgrano destruya la bandera y se vuelva. Pero Don Manuel no es cobarde ni traidor. Conservó la Bandera y le pidió al pueblo que se sacrifique, que abandonen todas sus posesiones, que se marchen sin dejar agua, ni comida, ni nada que pudiera hacer más fuerte al enemigo. Era Jujuy una ciudad rica, una región floreciente. Todo fue quemado, secado, destruido. Se fueron en una caravana con lo puesto y los pocos alimentos salvados acarreados en mula o a hombro. Invierno y viento. Acompañados por sus vecinos y las palabras de Don Manuel, hicieron del dolor y el desgarro fortaleza. Al enemigo le dejaron un desierto.

El éxodo Jujeño del 23 de agosto de 1812 posibilitó luego ganar las batallas de Tucumán y Salta, y le tocó al ejército jujeño librar la última batalla.

Don Manuel quedó conmovido por la renuncia de este pueblo, por el valor demostrado, por el coraje y sacrificio. Por la unión que sentían unos con otros y todos con su General.

Al pueblo Jujeño le donó la primera bandera patria, la que había izado a orillas del Paraná, el bien más preciado. Don Manuel donó la Bandera, un Escudo que mando a pintar y una escuela.

La bandera quedó alojada en la catedral, y allí estuvo por muchos años, hasta que la trasladaron a la Casa de Gobierno.

La bandera amada está allí.

Una y otra vez fue mi mamá a visitarla, a adorarla.

Y en su último viaje a Jujuy fue a contemplarla por última vez, a llenarse de su imagen. A reencontrarse en la bandera, en los colores de los cerros, en el Ingenio, en la carita de la Virgen.

En la familia y la casa. En su tierra.

El Bisabuelo Don Villarreal

Al bisabuelo le decían Don Quijote, no se sabía bien cuantos años tenía.

Era como un árbol recio, enjuto, muy alto. Su cara era larga y delgada, con los pómulos marcados. Tenía una larga barba y bigotes muy cuidados, sus cabellos blancos, los ojos grandes, serenos. Sus manos grandes y nudosas.

Siempre vestido de traje, sombrero y poncho.

A la sombra de los nogales, sentado en su silla, y con los nietos alrededor, pasaba horas contando historias y aventuras de los gauchos de Güemes y de Belgrano.

Un tío y un primo de mamá habían heredado la vestimenta original de un gaucho de Güemes, con todo el recado del caballo, la platería.

Los cintos estaban hechos con monedas de antes de la Revolución. Cuidaban esas piezas con adoración, se entrenaban y eran excelentes jinetes.

Tenían el corazón henchido de orgullo.

Iban a los desfiles, viajando con los caballos en tren, por toda la Argentina.

El perro Pila

En el patio estaba el perro pila.

Pila en quichua significa pelado.

El perro era pelado, flaco, le colgaba el cuero de color marrón claro.

Cuando lo encontraron temblaba de frío, o miedo. Lloraba. Lo hicieron entrar a la casa y se lo quedaron.

Resultó ser un muy buen perro, agradecido, obediente. Se la pasaba en el patio, muy apegado a los chicos y al bisabuelo.

Dicen que el perro pila es un ser mágico, curativo. Puede sanar a los enfermos y convertirse en un ser feroz para defender al débil.

Don Lorenzo y el monte

Don Lorenzo iba al monte a cazar, solo o en grupo. Iba mucho con los Hormiga.

Don Lorenzo podía aparecerse con un gato montés, una víbora o ranas. Ante el recelo de los hijos les recordaba: “todo bicho que camina va a parar al asador”. Así que la presa se limpiaba, se cocinaba y se comía sin chistar.

Una vez apareció con un pájaro horrible, con un olor fuerte, rancio, dulzón. Era tan feo que lo vieron y gritaron ¡¡¡yo no lo como!!! Ese pajarraco no era de ninguna especie conocida.

Mi tía no se dejó acobardar: lo limpió, y lo puso a freír. Despidió un hedor tal, que los demás tuvieron que salir al patio de atrás. Se escuchó de golpe un zumbido y luego gritos. Mi tía se fue corriendo de la cocina con la sartén, perseguida por una nube de moscardones verdes. Alcanzó a encerrarse en su cuarto y se devoró el bicho maldito.

Del monte también Don Lorenzo traía yuyos.

El decía que en las plantas estaban las esencias para curar todos los males. Contaba que había recibido de un viejito los secretos de las plantas, acompañándolo en las recorridas al monte.

Mamá nos contaba esto mientras nos daba tesitos de yerba de pollo, manzanilla, tilo, valeriana, menta…

Cuando alguien del Ingenio tenía una enfermedad no siempre iba al hospital. Llamaban al curandero. Quien a veces rezaba, otras aplicaba yuyos, o los indicaba qué tomar.

A mi tío Guillermito siempre había que curarle el susto. El curandero venía, lo bendecía acariciándole la cabeza y le rezaba en voz muy baja. Hasta que se le pasaba el susto.

Mi abuelo Lorenzo Rojas

Mi abuelo Lorenzo Rojas comenzó siendo hachero, luego fue guardia parque y después en el Ingenio tuvo el puesto de tractorista.

Como sabía leer y escribir, le dieron el tractor y el manual.

El estaba encargado del mantenimiento del tractor, y  de preparar el terreno para la siembra.

Trabajaba de sol a sol.

Y del trabajo al sindicato. Luchando por los derechos de los trabajadores.

Cuando cae Perón, cae el sindicato.

Un camión con hombres armados fue por la calle levantando a algunos hombres. Don Lorenzo subió al camión.

Mi mamá salió corriendo tras el padre. Se asomó dentro del camión y vió dentro la cara de sus vecinos, conoce a cada uno de ellos. Encuentra los ojos de su padre ¡Tata!.

Se los llevan nomás.

Las mujeres se unen y van todas juntas con sus hijos a pedir por sus maridos.

En silencio, en el fondo de la casa entierran todas las fotos de Perón.

Mucho tiempo después, Don Lorenzo es devuelto a la casa.  Está golpeado.

Por mucho tiempo no habló, luego empezó a hablar, pero la palabra Perón nuca más salió de sus labios.

El Trencito del Ingenio

El Ingenio tenía un trencito que iba a la par de la cadena de trabajo, trasportando la caña de azúcar. Había un tramo del trayecto que iba por el campo.

El trencito era del tamaño de un chico y no iba muy rápido. Los changuitos corrían a la par del trencito, tomaban una caña por la punta y seguían corriendo, tironeando, hasta que sacaban la larga caña. Luego saboreaban la golosina a la sombra de los árboles.

A veces cambiaban las cañas en el pueblo por uvas o por paltas.

Todos sabían que los changuitos robaban las cañas, pero todos miraban para otro lado.

Un vecino carpintero, con los recortes de madera que le sobraban, hacía canoplas para regalar a  los changuitos. También hacía cajoncitos de lustrabotas para los changuitos que no tienen Tata.

También había muchachos que hacían canastos y utensilios con las varillas del cañaveral y las cambiaban.

Una bolsa de fruta por otra, nada de andar pesando en kilogramos ni calculando dinero. Pesar en kilos es motivo de burla.

Si son 8 personas lleve 8 bananas, si se pasa del kilo, ¿Qué hacemos? ¿La cortamos?

Así eran las cosas en el pueblo.

¡El Pim Pim!

¡El Pim Pim! ¡El Pim Pim! ¡Llegó el Pim Pim!

La música fuerte nos hace correr afuera, hacia la calle.

Todos salimos y nos encontramos amontonados en la vereda.

Por el medio de la calle vienen bailando las indígenas tan hermosas. Vestidas de amarillo. Las telas son brillantes y se adivinan muy suaves.

El baile y la música tienen un ritmo rápido, cambiante, movido, alegre. Los hombres también vienen desfilando en el baile del Pim Pim.

Los instrumentos musicales y sus sonidos parecen venir desde adentro del monte, resuenan muy fuerte, vibran en el cuerpo.

¡Hoy la tierra esta de fiesta!

El pueblo acompaña bailando y tomando vino.

El Cuqui Leguizamón vino al Ingenio.

Aunque es un cantor famoso, es de venir al pueblo, a visitar a algún compadre.

La otra tarde se ha quedado fascinado con el Pim Pim. Traen la guitarra.

¡El Cuqui está tocando!

 

Los amigos de la casa se van arrimando y se suman a la ronda del mate.

Cuando ya no hay lugar para nadie más, se acomodan en el patio de adelante, en la vereda, en la calle.

El Cuqui se pasa horas tratando de reencontrarse con el Pim Pim. No es nada fácil, cuando parece que lo captura en un acorde, se esfuma.

 

 

La Adoración del Niño

Para la Navidad, se hacía la Adoración del Niño.

Se colocaban dos postes en la plaza, separados. Uno alto para los grandes y otro más bajo para los chicos.

De la punta caían cintas de todos colores. Cada uno tomaba una cinta y bailando, enlazando con los otros, se iba armando una gran trenza.

Todo el pueblo participaba, la danza no se detenía hasta que se terminara la trenza.

Se adoraba todo lo que se podía, cuando no se podía más, se pasaba la cinta a otro.

Luego se comentaba: “yo adoré toda la tarde y toda la noche”.